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La revolución que nadie parece saber controlar: Cuando las Máquinas Generen Billones y los Empleos Desaparezcan

Mientras la IA promete agregar hasta 26 billones de dólares al PIB global, economistas debaten si el ingreso universal será una opción o una necesidad ante el colapso del mercado laboral tradicional.

La inteligencia artificial está en camino de transformar radicalmente la economía global en las próximas décadas, según convergen las proyecciones de instituciones financieras, laboratorios de investigación y líderes tecnológicos. Sin embargo, esta revolución tecnológica plantea una paradoja histórica: mientras la riqueza agregada podría dispararse, los mecanismos tradicionales de distribución —el empleo remunerado— enfrentan una disrupción sin precedentes, justo cuando las tasas de natalidad globales caen a niveles que amenazan el reemplazo poblacional.

El tsunami económico de la IA

Goldman Sachs proyecta que la IA generativa podría aumentar el PIB global en 7 billones de dólares durante la próxima década, mientras que PwC estima que para 2030, la tecnología podría contribuir hasta 15.7 billones de dólares a la economía mundial. McKinsey Global Institute sugiere que la automatización y la IA podrían generar entre 13 y 26 billones de dólares anuales en valor económico para 2030.

Estas cifras representan incrementos del PIB global de entre 10% y 26%, una magnitud comparable a agregar economías del tamaño de China o Estados Unidos al sistema mundial. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha declarado que la IA podría generar “una abundancia material que nunca hemos visto”, mientras que el MIT Technology Review documenta estimaciones de que sistemas de IA podrían eventualmente realizar el equivalente al trabajo de miles de millones de personas.

La automatización del conocimiento

A diferencia de revoluciones industriales anteriores que automatizaron principalmente el trabajo físico, la IA está penetrando dominios cognitivos tradicionalmente resguardados. Un estudio de la Universidad de Oxford y OpenAI publicado en 2023 concluyó que aproximadamente 80% de la fuerza laboral estadounidense podría ver al menos 10% de sus tareas afectadas por grandes modelos de lenguaje, mientras que 19% de los trabajadores podrían experimentar un impacto en al menos el 50% de sus actividades.

El Foro Económico Mundial proyecta en su informe “Future of Jobs 2023” que para 2027, se crearán 69 millones de nuevos empleos mientras se eliminarán 83 millones, resultando en una pérdida neta de 14 millones de posiciones. Sectores como servicios administrativos, contabilidad básica, análisis de datos rutinarios y programación de código estándar aparecen especialmente vulnerables.

Daron Acemoglu, economista del MIT y ganador del Premio Nobel de Economía 2024, autor además de entre varios otros libros de “Por qué fracasan los países, advierte que sin políticas deliberadas de redistribución, “la IA podría exacerbar dramáticamente la desigualdad, concentrando ganancias masivas en un pequeño número de corporaciones tecnológicas mientras desplaza a trabajadores de clase media sin crear suficientes alternativas de calidad”.

El debate sobre el ingreso universal

Ante este panorama, el concepto de Renta Básica Universal (RBU) ha migrado de los márgenes académicos, en los que venía transitando, al centro del debate público. Sam Altman ha propuesto públicamente que los gobiernos consideren un “ingreso básico financiado por impuestos sobre las ganancias generadas por IA”, argumentando que “si la IA realmente logra lo que esperamos, necesitaremos nuevas estructuras de distribución”.

Elon Musk, a pesar de sus posiciones generalmente contrarias a la intervención estatal, ha declarado que “probablemente terminaremos con un ingreso básico universal debido a la automatización”. Sundar Pichai, CEO de Google, ha reconocido que “necesitaremos repensar algunos de nuestros sistemas sociales” ante la disrupción laboral.

Las propuestas específicas varían: algunos economistas sugieren gravar las transacciones realizadas por sistemas de IA, otros proponen impuestos sobre el valor generado por datos (esencialmente, gravar la “materia prima” de la IA), y un tercer grupo aboga por impuestos corporativos progresivos sobre empresas tecnológicas que superen ciertos umbrales de automatización.

Un estudio de la Universidad de Oxford calculó que en economías avanzadas, un ingreso básico universal modesto (aproximadamente 30% del ingreso medio) requeriría recursos equivalentes al 15-20% del PIB, cifra significativa pero potencialmente financiable si las proyecciones de crecimiento impulsado por IA se materializan.

El invierno demográfico

Simultáneamente, el planeta enfrenta una transformación demográfica silenciosa pero profunda. Según datos de Naciones Unidas, más de 60 países —incluyendo China, Japón, Italia, España y Corea del Sur— el nuestro también, tienen tasas de fertilidad por debajo del nivel de reemplazo de 2.1 hijos por mujer. Corea del Sur registró en 2024 una tasa de 0.72, la más baja del mundo.

El demógrafo Paul Morland, de la Universidad de Londres, proyecta que la población mundial podría alcanzar su peak alrededor de 2080 con aproximadamente 10 mil millones de personas, para luego iniciar un descenso potencialmente acelerado. Para finales del siglo XXI, algunas proyecciones sugieren que la población global podría haber retrocedido a niveles de mediados del siglo XX.

Esta convergencia entre automatización acelerada y contracción demográfica plantea escenarios complejos. Por un lado, menos trabajadores humanos competirían por empleos cada vez más escasos. Por otro, economías envejecidas con poblaciones en declive podrían beneficiarse de la automatización para mantener niveles de producción y servicios.

Escenarios futuros: entre la utopía y la fragmentación

Los analistas identifican al menos tres escenarios plausibles para las próximas décadas:

Escenario 1: Abundancia compartida. La productividad impulsada por IA genera crecimiento económico masivo que, mediante sistemas de ingreso universal y redistribución efectiva, permite que la mayoría de la población disfrute de mayor tiempo libre, oportunidades creativas y acceso a bienes y servicios. La baja natalidad se estabiliza en niveles sostenibles mientras las sociedades se adaptan a poblaciones más pequeñas pero prósperas. Este modelo requeriría coordinación internacional sin precedentes y voluntad política para redistribuir ganancias.

Escenario 2: Polarización extrema. Las ganancias de la IA se concentran en un pequeño porcentaje de la población —propietarios de tecnología, accionistas, trabajadores altamente especializados— mientras grandes segmentos enfrentan desempleo estructural o empleos precarios mal remunerados. Sin mecanismos efectivos de redistribución, la desigualdad alcanza niveles que generan inestabilidad social, política y de todo orden. La baja natalidad se acentúa en poblaciones desfavorecidas que perciben el futuro como inhóspito para nuevas generaciones.

Escenario 3: Transición fragmentada. Diferentes regiones adoptan modelos diversos: algunas economías avanzadas implementan versiones de ingreso universal y prosperan con poblaciones estables más pequeñas; otras luchan con disrupciones políticas y sociales; regiones en desarrollo enfrentan desafíos únicos al intentar industrializarse en una era de automatización avanzada. El sistema global opera con múltiples velocidades y modelos socioeconómicos en competencia.

La ventana de decisión

Erik Brynjolfsson, director del Digital Economy Lab en Stanford, sostiene que “no hay nada inevitable sobre cómo se distribuirán los beneficios de la IA. Es una cuestión de elecciones políticas y diseño institucional”.

Los próximos años podrían resultar decisivos. A medida que la IA avanza desde aplicaciones limitadas hacia capacidades más generales, las sociedades enfrentan decisiones sobre marcos regulatorios, sistemas tributarios, estructuras de propiedad intelectual y redes de seguridad social que determinarán si esta revolución tecnológica expande o contrae la prosperidad compartida.

Mientras tanto, el reloj demográfico continúa su marcha. Cada año que pasa con tasas de fertilidad por debajo del reemplazo refuerza tendencias que tomarán generaciones revertir. La combinación de menos humanos y más máquinas inteligentes redefinirá no solo mercados laborales, sino conceptos fundamentales sobre el propósito del trabajo, la distribución de recursos y la organización social misma.

La pregunta ya no es si la IA transformará radicalmente la economía global —eso parece inevitable— sino si la humanidad logrará diseñar instituciones que conviertan esa transformación en prosperidad ampliamente compartida o en una nueva era de desigualdad sin precedentes.

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