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Elon Musk calibra su narrativa: de la mística incierta de Marte al pragmatismo de la órbita lunar.

El magnate adapta y dosifica su “sueño espacial” para que se mantenga como una activo financiero tangible que seduzca a los grandes fondos ante la salida a bolsa de SpaceX

La premisa Durante más de dos décadas de Elon Musk ha sido vender el sueño marciano como imperativo existencial para la humanidad. Sin embargo, de pronto la compañía ahora prioriza la construcción de una “ciudad autosuficiente” en la Luna, que según Musk podría lograrse en menos de 10 años, mientras que Marte requeriría más de 20 años. El horizonte ya no está a siete meses de distancia, sino a solo tres días: la Luna es ahora entonces el epicentro absoluto de sus planes.

¿Por qué este cambio? la respuesta es una mezcla de física elemental y crudo realismo financiero. Mientras que Marte solo nos abre su puerta cada dos años;  La Tierra gira alrededor del Sol dos veces más rápido que Marte, en consecuencia se acerca al planeta rojo cada dos años. Esto implica que la distancia entre la Tierra y Marte oscila entre 55 millones de km cuando está más cerca y más de 400 millones de km cuando se encuentra más lejos.

La Luna en cambio,  está a “solo”  384 mil kms.,  permitiendo una logística casi semanal. Es, en términos de ingeniería, el banco de pruebas perfecto. Musk comprendió que para construir la supuesta civilización multiplanetaria que promociona, primero debe demostrar que puede operar un modelo de negocio rentable en el Polo Sur lunar, como mínimo.

Más allá de todo el relato y la épica espacial de Musk, está la muy terrenal Wall Street, ubicada en el muy terrenal Distrito Financiero de Manhattan, y con los pies bien pegados al suelo planetario.  Con los rumores de una salida a bolsa de SpaceX este 2026, Musk necesita mitigar el riesgo. Marte, ubicado a 55 millones de kms, cuando está cerca, es muy difícil de vender a un inversionista, en cambio la Luna, a solo 384 mil kms, es un activo tangible con contratos firmados por la NASA y una viabilidad económica inmediata.

Al mover el objetivo a la Luna, Musk está haciendo un “rebranding” de riesgo: Marte es una inversión de capital a 30 años sin retorno claro y con incertidumbre total, además. La Luna es infraestructura, logística y soberanía de datos con retornos en esta misma década.

El juego consiste en mantener la estética del “visionario”, que le da un premium al valor de la acción, mientras se ejecutan objetivos de “contratista gubernamental”, que le da estabilidad al flujo de caja, proveniente de la Nasa. Estamos entonces frente a una campaña de marketing, una más, para elevar la valoración de su empresa hacia el billón de dólares ahora que está saliendo a bolsa.

Pero el momento del anuncio no es casual. El cambio de prioridades llegó apenas días después de que SpaceX, la empresa de exploración y transporte espacial de Musk, adquiriera XAI, la empresa de Inteligencia Artificial de Musk, fusionando dos de las compañías más ambiciosas del magnate en la firma privada más valiosa del mundo.

Analistas advierten que  cuando ocurra esta oferta pública de acciones se presentará a una valoración muy difícil de defender, señalando que SpaceX cotizaría a más de 60 veces sus ventas actuales anuales. Para justificar semejante valoración, Elon Musk necesita narrativas de crecimiento ambiciosas pero creíbles,  exactamente lo que ofrecen los proyectos lunares y de infraestructura espacial.

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