Hay actos diplomáticos que, más que ofender, iluminan. La revocación de visas decretada por Washington contra el ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz, el subsecretario de Telecomunicaciones, Claudio Araya, y su jefe de gabinete, Guillermo Petersen, no fue una medida de seguridad. Fue una señal de poder en retirada: la de una potencia que ya no puede competir tecnológicamente en igualdad de condiciones y que, en cambio, intenta preservar su influencia controlando las carreteras invisibles por donde viaja el 95% del tráfico mundial de datos.
Esas carreteras son los cables submarinos de fibra óptica. Y el que Chile está a punto de perder —o ganar— tiene nombre: Chile China Express (CCE).
El proyecto es técnicamente contundente: un cable de fibra óptica de última generación que uniría el puerto de Concón-Valparaíso con Hong Kong, con capacidades de transmisión de hasta 16 terabits por segundo por fibra, una inversión cercana a los US$ 500 millones y un consorcio que reúne a China Mobile, HMN Technologies y Hengtong Optic-Electric. El proyecto se está transformando en el centro de la más significativa disputa geopolítica que Chile haya enfrentado en décadas.
La pregunta relevante no es si Estados Unidos tiene razones geopolíticas para oponerse. Las tiene, y son comprensibles desde su perspectiva. La pregunta que Chile debe hacerse es otra:
¿puede un país que aspira a ser hub digital de Sudamérica permitirse depender eternamente de una sola nación para conectarse al mundo?
¿Y puede ese país ignorar que el motor tecnológico del siglo XXI ya no está en el Atlántico Norte, sino en el Asia-Pacífico?
Hoy, para que un dato viaje desde Santiago hasta Shanghái, Seúl o Singapur, debe hacer algo absurdo: viajar primero hacia el norte, entrar a infraestructura bajo influencia o control estadounidense, y desde allí cruzar el Pacífico hacia Asia. Es como si para llamar a tu vecino de enfrente tuvieras que pasar obligatoriamente por la casa de un tercero que, de paso, puede escuchar la conversación y loa ha hecho.
Ese rodeo tiene consecuencias técnicas medibles. La principal se llama latencia: el tiempo que tarda un paquete de datos en ir de un punto a otro y volver. En una era donde la minería inteligente, las ciudades conectadas, la telemedicina, la inteligencia artificial y el comercio electrónico dependen de respuestas en milisegundos, la latencia no es un detalle técnico. Es la diferencia entre competir y quedar fuera del juego.
La ruta actual Santiago-Asia, pasando por EEUU, implica latencias de entre 250 y 350 milisegundos de ida y vuelta. Un cable directo transpacífico reduciría ese tiempo a valores cercanos a los 150-180 milisegundos, un recorte de entre el 40% y el 50% en los tiempos de respuesta. El precedente existe y es verificable: cuando el cable submarino EllaLink conectó directamente Brasil con Portugal —evitando el paso por EEUU— la latencia cayó un 50%, de más de 120 milisegundos a menos de 60. La lógica es la misma: la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, y esa línea atraviesa el Pacífico.
16 Terabits por segundo: la escala del futuro
Para entender lo que significa 16 terabits por segundo, hay que situarlo en contexto. Un terabit equivale a un millón de megabits. En la práctica, esa capacidad permitiría transmitir simultáneamente millones de videollamadas en alta definición, intercambiar datos industriales en tiempo real entre continentes, procesar peticiones masivas de inteligencia artificial con respuestas casi instantáneas, y sostener el tráfico digital de ciudades enteras sin saturación.
Esa capacidad no es un lujo especulativo. Es la infraestructura basal de lo que viene: el Internet de las Cosas (IoT) que conectará sensores, máquinas y sistemas en minería, agricultura, logística y salud; las ciudades inteligentes que gestionarán agua, energía y transporte en tiempo real; los modelos de inteligencia artificial que requieren mover cantidades colosales de datos entre centros de cómputo distribuidos por el planeta. Sin el ancho de banda adecuado, ninguna de esas aplicaciones funciona a escala.
Los cables submarinos transportan hoy más de 10 billones de dólares en comercio global cada día. Ese número solo puede crecer. Y los países que controlan o tienen acceso privilegiado a esa infraestructura son los que definen las condiciones del intercambio.
Minería 4.0: el caso más concreto y urgente para Chile
Chile es el mayor productor de cobre del mundo. Cobre que, paradójicamente, es el mineral esencial para fabricar los cables y circuitos que mueven la economía digital global. Pero Chile está tardando en apropiarse de los beneficios de esa misma economía.
La teleoperación minera —el control remoto de maquinaria pesada desde centros de operación a cientos de kilómetros de distancia— es una de las aplicaciones más transformadoras de la conectividad de baja latencia. En China, donde Huawei y otros proveedores llevan años desplegando infraestructura 5G en entornos industriales, la minería inteligente ya es una realidad operativa.
En Chile, la Universidad de Chile, Ericsson, Entel y Codelco llevan años piloteando soluciones de este tipo. En Chuquicamata, apiladores y rotopalas se operan de forma remota. Pero la capacidad de escalar esa teleoperación al nivel que requiere la industria, y de conectarla con centros de excelencia tecnológica ubicados en Asia —donde está el mayor expertise en minería inteligente y manufactura avanzada—, depende directamente de la calidad de la conectividad intercontinental.
Con 250 milisegundos de latencia, una señal de control sobre maquinaria pesada llega con un retardo perceptible y potencialmente peligroso. Con 80 o 100 milisegundos, la respuesta es prácticamente instantánea. La diferencia puede medirse en seguridad de los trabajadores, en eficiencia productiva y en la capacidad de atraer inversión tecnológica de las compañías que dominan la minería digital en Asia.
El mapa del poder: dónde está el futuro tecnológico
La narrativa que presenta a China como una amenaza tecnológica y a Estados Unidos como el guardián del mundo digital libre ignora un hecho que los datos tornan incontestable: el centro de gravedad tecnológico del planeta se ha desplazado.
China ha definido metas concretas: que el 90% de sus sectores industriales incorporen inteligencia artificial para 2030; que la IA sume 1,54 billones de dólares a su PIB para 2035; que el país lidere globalmente en 5G, computación cuántica, energías renovables y biotecnología. No son declaraciones retóricas. Son planes quinquenales respaldados por inversión estatal masiva, empresas privadas de escala global —Huawei, Alibaba, Tencent, BYD— y una capacidad de ejecución que ha demostrado resultados. PwC proyecta que China verá el mayor impulso al PIB por inteligencia artificial a nivel mundial: hasta un 26% de crecimiento adicional para 2030.
Asia en su conjunto —China, India, Corea del Sur, Japón, Vietnam, Indonesia, Singapur— concentra más de 4.500 millones de personas, la mayor masa de consumidores de tecnología que ha existido en la historia, mercados en plena expansión, una clase media creciente y una demanda de servicios digitales que no tiene precedente. Solo China e India suman cerca de 3.000 millones de habitantes.
Estados Unidos, en contraste, tiene 340 millones de personas, (un tercio de ellos endeudados de por vida solo en temas de salud) una clase media en deterioro sostenido, un modelo de consumo que muestra signos evidentes de agotamiento, y una administración (con Trump a la cabeza, que ya es sintomático) que ha optado por el repliegue proteccionista como estrategia: aranceles, sanciones, restricciones tecnológicas, presión sobre aliados para excluir a empresas chinas. Es una política que puede comprenderse como defensa de intereses nacionales, pero que desde la perspectiva de un tercer país como Chile —cuyo comercio exterior con Asia ya supera ampliamente al que mantiene con EEUU— no debería confundirse con una guía de desarrollo propio.
El argumento de la soberanía: cuando la dependencia ya existe
Uno de los argumentos centrales contra el Chile China Express es que daría acceso a China a datos sensibles de Chile y la región. Es un argumento que merece tomarse en serio. Los cables submarinos son infraestructura estratégica; los datos que por ellos circulan incluyen comunicaciones financieras, gubernamentales y comerciales.
Pero hay una falacia de origen en ese argumento: la dependencia ya existe. Hoy, todo el tráfico digital de Chile hacia Asia pasa por infraestructura bajo influencia estadounidense. Eso significa que Estados Unidos ya tiene acceso estructural a esa información —algo que los archivos de Edward Snowden documentaron con precisión quirúrgica en 2013 al revelar el programa PRISM y la vigilancia masiva de cables submarinos por la NSA. El debate no es entre soberanía plena versus vulnerabilidad; es entre distintas formas de dependencia, con distintos socios estratégicos.
La respuesta madura de un Estado no es la dependencia exclusiva de ningún actor, sino la diversificación: múltiples cables, múltiples rutas, capacidad de negociación con varios interlocutores. Ese debe ser el estándar internacional.
El hub digital que Chile puede ser — o no ser
Quienes impulsan el Chile China Express señalan algo que trasciende la relación bilateral con China: la posibilidad de que Chile se convierta en el hub digital de Sudamérica. Un nodo donde los cables del Pacífico se cruzan, donde los datos de la región se procesan, donde los centros de datos se instalan y desde donde se conecta América del Sur con el Asia-Pacífico.
Chile tiene condiciones objetivas para ese rol: estabilidad institucional, energía renovable abundante y barata —solar y eólica en el norte—, clima frío en el sur ideal para refrigeración de servidores, regulación razonablemente predecible, y una posición geográfica privilegiada en el extremo del Pacífico Sur. Ya alberga centros de datos de Amazon, Google y Microsoft. La pregunta es si esa infraestructura puede conectarse directamente con sus principales mercados —que están en Asia— o si debe seguir haciendo el rodeo por territorio bajo control estadounidense.
Un cable directo con Asia no es solo conectividad: es una palanca de desarrollo económico. Las empresas tecnológicas asiáticas que quieran acceder al mercado latinoamericano encontrarían en Chile su mejor punto de entrada. Las exportaciones chilenas de cobre, litio, alimentos y software necesitarían menos latencia para operar con sus clientes asiáticos. Los centros de datos regionales podrían escalar su capacidad de servicio. La minería inteligente podría conectarse con los centros de excelencia tecnológica en Shanghái o Seúl en tiempo real.
Las sanciones estadounidenses deben leerse por lo que son: una señal de que Chile está haciendo algo correcto desde el punto de vista de sus intereses nacionales, y que eso incomoda a una potencia que ha definido América Latina como su zona de influencia exclusiva.
La tecnología no espera diplomacias. El tráfico de datos global crece a doble dígito cada año. Las ciudades inteligentes, el IoT, la IA y la minería digital son una realidad que ya está aquí. Los países que cuenten con la infraestructura para sostenerlas van a crecer. Los que no, van a importar servicios desde los que sí la tienen, pagando peajes invisibles cada vez que un dato cruza el océano.
Chile puede ser el nodo digital del Pacífico Sur. Para eso necesita cables directos con Asia. Y Asia está, hoy, al otro lado del Pacífico — no al norte, en Washington.

