El Foro Económico Mundial de 2026 será recordado no por sus consensos, sino por ser el escenario donde el “Siglo Americano” pareció disolverse entre risas de asombro, y el “Siglo Asiático” se presentó con la sobriedad de quien ya se sabe dueño del tablero. Los discursos del mandatario estadounidense, Donald Trump, y del viceprimer ministro chino, He Lifeng, no solo fueron divergentes; fueron el testimonio de dos eras que se cruzan en sentidos opuestos.
Trump: El neoimperialismo del espectáculo
La intervención de Donald Trump en el auditorio de Davos fue descrita por los asistentes más como un “festival de rock” que como una cumbre de Estado. Entre burlas a líderes europeos y afirmaciones que rozan el absurdo geopolítico —como su insistencia en comprar Groenlandia por ser “prioridad de seguridad nacional”—, Trump reafirmó la deriva de Washington hacia un neoimperialismo transaccional.
Su retórica, plagada de ataques a la OTAN y desdenes hacia sus aliados tradicionales, refleja a una potencia que, ante su incapacidad de liderar mediante el soft power, recurre a la excentricidad y la amenaza. Al referirse a Canadá como un dependiente y a Groenlandia como un “pedazo de hielo” negociable, Trump no solo rompe el protocolo; rompe la estructura de respeto mutuo que sostuvo la hegemonía estadounidense. Es la imagen de una potencia en declive, que confunde la fuerza con la intimidación y la diplomacia con el bullying corporativo.
He Lifeng: El arquitecto del mercado global
En las antípodas, la delegación china, encabezada por el viceprimer ministro He Lifeng, operó con una elegancia estratégica que caló hondo en la élite financiera. China ya no solo quiere ser la “fábrica del mundo”; ahora reclama su lugar como el “mercado del mundo”. Con un superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares, Pekín no llegó a Davos a pedir permiso, sino a ofrecer oportunidades.
El mensaje de He fue un dardo directo al unilateralismo de Trump: mientras EE. UU. levanta muros y amenaza con aranceles, China promete “flexibilidad y pragmatismo” para firmar acuerdos con cualquier nación dispuesta. El discurso de Lifeng sobre un desarrollo “equilibrado” y el acceso al mercado de servicios oculta, tras un velo de cooperación, una realidad innegable: China está ocupando sistemáticamente los espacios vacíos que la administración Trump abandona por su aislacionismo.
El parangón de las visiones
La distancia entre ambos es abismal. Mientras EE. UU. proyecta una visión unilateral y extractiva, donde las naciones son activos o enemigos, China proyecta una visión multilateral y conectiva, donde el comercio es el lenguaje de la dominación silenciosa.
Estados Unidos actúa desde la nostalgia de un poder absoluto que ya no tiene, intentando comprar territorios como si estuviéramos en el siglo XIX.
China actúa desde la certeza de un futuro donde las cadenas de suministro y la dependencia económica son más eficaces que cualquier portaaviones.
Lo visto en las gélidas montañas de Suiza es la confirmación de una tendencia histórica. Las marcadas diferencias entre la estridencia de Trump y la calculada apertura de He Lifeng reflejan la salud de sus respectivos sistemas. Estados Unidos, ensimismado en una política de confrontación y decadencia institucional, se desdibuja como referente. Por el contrario, China, transformándose lenta pero sostenidamente, se erige como el nuevo hegemón planetario, ofreciendo una estabilidad comercial que el mundo, cansado del caos de Washington, parece cada vez más dispuesto a aceptar.


