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Chile ante su definición estratégica: conexión directa al Asia-Pacífico o subordinación digital

Hoy los datos chilenos viajan primero a Estados Unidos antes de cruzar el Pacífico, pagando latencia y dependencia. Un enlace directo con Asia reduciría hasta 50% los tiempos de respuesta y alinearía al país con el verdadero centro de gravedad tecnológico del siglo XXI: el Asia-Pacífico

Singapur tiene seis millones de habitantes, similar a la Región Metropolitana de Chile. Su PIB per cápita bordea los 90 mil dólares y es uno de los principales nodos tecnológicos del planeta. ¿Cuántos cables submarinos llegan a sus costas? Veintiocho. Y al menos una docena más están en desarrollo. Para 2028, se proyecta que superará los 40.

No es casualidad. Singapur entendió antes que muchos que, en la economía digital, la conectividad no es infraestructura secundaria: es poder.

Chile enfrenta hoy una decisión estratégica de similar magnitud. El proyecto de cable submarino directo entre Sudamérica y Asia —con punto de conexión en territorio nacional— se ha transformado en la disputa geopolítica más relevante que el país haya enfrentado en décadas. Y con razón.

La pregunta no es si Estados Unidos tiene razones para observar con recelo esta iniciativa. Las tiene. Toda potencia defiende su zona de influencia. La pregunta que Chile debe hacerse es otra: ¿puede un país que aspira a ser hub digital regional depender estructuralmente de una sola ruta de conectividad internacional?

Hoy, cuando un dato viaja desde Santiago hacia Shanghái o Seúl, realiza un rodeo técnico: primero se dirige al norte, a infraestructura bajo influencia estadounidense, y luego cruza el Pacífico hacia Asia. Ese desvío tiene una consecuencia medible: latencia.

La ruta actual implica tiempos de respuesta de entre 250 y 350 milisegundos. Un cable directo podría reducirlos a rangos de 150 a 180 milisegundos. Entre 40% y 50% menos. En la era de la inteligencia artificial, la minería automatizada, la telemedicina y las ciudades inteligentes, esa diferencia no es marginal: es competitividad.

El precedente existe. Cuando EllaLink conectó directamente Brasil con Portugal, evitando el paso por Estados Unidos, la latencia cayó cerca de 50%. La distancia más corta entre dos puntos sigue siendo la línea recta.

Y esa línea recta, en el caso chileno, atraviesa el Pacífico.

La discusión no es ideológica. Es estructural. Asia concentra hoy el mayor dinamismo tecnológico y demográfico del planeta. Más de 4.500 millones de personas, una clase media en expansión y una demanda digital sin precedentes. El eje económico del siglo XXI ya no gravita exclusivamente en el Atlántico Norte.

Chile, además, posee ventajas comparativas que pocos países pueden exhibir simultáneamente: es el mayor productor mundial de cobre, mineral esencial para la infraestructura eléctrica y digital; posee las mayores reservas de litio; es líder en energías renovables, particularmente solar; cuenta con estabilidad institucional y una ubicación geográfica privilegiada frente al Asia-Pacífico.

En la base de la revolución de la inteligencia artificial está la energía. Y Chile dispone de energía limpia, abundante y competitiva, uno de los principales cuellos de botella globales para el desarrollo de centros de datos.

El país tiene condiciones reales para transformarse en el nodo digital del Pacífico Sur: un punto donde confluyan cables, se instalen data centers y se procese información regional para conectarla con Asia.

Pero eso exige diversificación. El cable Humboldt hacia Australia es un avance relevante. Sin embargo, depender exclusivamente de rutas indirectas o de un solo eje de influencia limita la autonomía estratégica.

Neutralidad tecnológica no significa alineamiento automático con otra potencia. Significa capacidad de decisión propia. Significa evitar que el desarrollo digital quede condicionado por tensiones geopolíticas ajenas.

China no es la China de hace treinta años. Estados Unidos tampoco es el de la posguerra fría. El mundo dejó de ser un tablero binario. Persistir en lecturas ideológicas del siglo XX puede resultar cómodo, pero es estratégicamente miope.

Los cables submarinos transportan billones de dólares diarios en comercio global. Son las autopistas invisibles de la economía contemporánea. Los países que las controlan —o que al menos diversifican sus accesos— fijan condiciones. Los que no, pagan peajes invisibles.

Chile enfrenta una definición histórica. Puede seguir orbitando en rutas diseñadas por otros o puede trazar su propia línea recta hacia el continente que concentra el mayor dinamismo del siglo XXI.

La conectividad directa con Asia no es solo un proyecto de telecomunicaciones. Es una palanca de desarrollo. Es soberanía digital. Es visión estratégica.

Y, sobre todo, es una decisión que no debería tomarse mirando al norte, sino al horizonte del Pacífico.

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