Más allá del salario mínimo: La automatización frena la creación de empleo en Chile y desplaza a la fuerza laboral
Mientras el Gobierno atribuye el 9,4% de desempleo a los costos de contratación heredados, gigantes del retail reducen más de 65 mil puestos operando con utilidades récord gracias a la tecnología. La crisis del trabajo no es de costos, es de modelo.
Chile enfrenta cifras de desempleo que han dejado de ser una anomalía coyuntural para asentarse como un problema estructural. En el trimestre móvil abril-junio de 2026, la tasa de desocupación alcanzó un 9,4%, manteniéndose en los niveles más altos de los últimos cinco años. Cerca de 980 mil personas buscan trabajo de forma activa sin encontrarlo. Sin embargo, el fenómeno más crítico no radica únicamente en la tasa global, sino en la descomposición de la fuerza de trabajo: en doce meses, la fuerza laboral creció un 1,5%, mientras que el número de ocupados aumentó apenas un 0,9%, derivando en un incremento del 7,7% en el total de desocupados. Peor aún, la escasa creación de puestos fue completamente absorbida por el empleo informal (+114 mil personas), al tiempo que el empleo formal cayó en casi 33 mil puestos.
Frente a esta coyuntura, la narrativa oficial proveniente de La Moneda sostiene que el mercado laboral está sufriendo las consecuencias de las políticas de la administración anterior: el aumento del salario mínimo, la gradual reducción de la jornada laboral a 40 horas y el incremento de las regulaciones. La respuesta del Gobierno de José Antonio Kast ha sido apostar por la reducción del costo de contratar mediante subsidios, incentivos tributarios y flexibilización, bajo la premisa de que encarecer la mano de obra frena la contratación y que abaratarla la estimulará.
2. El choque entre incentivos salariales y transformación tecnológica
Si bien los costos normativos inciden en las decisiones empresariales, la premisa gubernamental omite un factor crucial: abaratar la contratación solo estimula el empleo si la empresa efectivamente necesita trabajadores adicionales. La pregunta de fondo es qué ocurre cuando una compañía descubre que puede ejecutar las mismas tareas —o incluso ampliar su operación— con una plantilla significativamente menor.
Un supermercado que automatiza sus procesos mediante cajas de autoservicio y requiere cuatro cajeros en lugar de diez, mantendrá su dotación en cuatro personas aun cuando contratar a los seis restantes sea considerablemente más barato. El mismo patrón afecta a vendedores de sala, reponedores, promotores y personal logístico en centros de distribución, donde los sistemas robotizados ya operan de manera habitual.
Un estudio reciente del Banco Central de Chile —basado en 80 mil empresas y 2,9 millones de trabajadores— confirma la relación predominantemente negativa entre automatización y empleo, afectando con especial severidad a los trabajadores de ingresos medios y de menor calificación en sectores como servicios, transporte y telecomunicaciones. La tecnología no elimina el trabajo de forma absoluta, pero modifica de raíz el perfil requerido: destruye tareas rutinarias y exige perfiles altamente calificados.
3. La aceleración pospandemia y la lección del retail
La pandemia de COVID-19 aceleró drásticamente la adopción del comercio electrónico y los nuevos hábitos de consumo, transformando sectores enteros como el retail. Este rubro funciona como el mejor laboratorio para observar la crisis: Falabella cerró el año 2025 con una utilidad de US$1.485 millones y un EBITDA récord de US$2.144 millones, sustentados en la eficiencia operacional y el crecimiento online. No obstante, su dotación se redujo de 104.802 trabajadores en 2017 a 79.848 en 2025 (casi 25.000 empleos menos). De manera análoga, Cencosud cerró 2025 con utilidades de $398.119 millones (un alza de 70,4%), mientras que su plantilla registra una caída superior a 40.000 trabajadores respecto a sus picos históricos.
Entre ambas compañías, la reducción supera los 65 mil puestos de trabajo. Las empresas no están «destruyendo empleo» por animadversión, sino porque han estructurado modelos de negocio más rentables con menor densidad de mano de obra y mayor intensidad tecnológica. Frente a esta realidad, ningún incentivo tributario o salarial motivará a estas firmas a recontratar el personal prescindido.
4. Las contradicciones del relato y el verdadero desafío de Chile
El argumento que culpa de forma exclusiva a las legislaciones anteriores presenta además inconsistencias políticas: el propio Gobierno de Kast fue el que promulgó el aumento del ingreso mínimo a $553.553 desde mayo de 2026 (Ley N°21.830). Asimismo, la reducción de la jornada laboral a 40 horas fue diseñada con un margen de gradualidad de cinco años para mitigar su impacto.
Por otro lado, la tasa de ocupación chilena continúa 1,7 puntos porcentuales por debajo de los niveles prepandemia (2019), dejando una brecha de 284 mil personas desplazadas. Ante salarios formales estancados o de bajo valor, las personas optan crecientemente por la informalidad, donde obtienen ingresos similares manteniendo su autonomía. Si la automatización de un proceso cuesta menos que la masa salarial de varios años, reducir el salario mínimo no cambiará la decisión de la empresa.
El desafío de Chile no radica en forzar a las empresas a contratar mano de obra que ya no necesitan mediante recetas del siglo XX, sino en lograr que la economía genere nuevas actividades que requieran capital humano renovado. Esto exige redirigir el debate desde el simple recorte de costos hacia la inversión en educación, capacitación masiva y permanente, reconversión profesional alineada con la demanda privada, intermediación laboral moderna y una estrategia de Estado frente a la inteligencia artificial y la automatización. Con un 9,4% de desempleo, insistir en explicaciones simplistas puede resultar conveniente en el terreno político, pero es inútil para abordar el futuro del trabajo en el país.