Canadá, de la sombra de Trump a la puerta de Europa: estudia ser «miembro asociado» de la UE
Carney impulsa un giro histórico en plena guerra comercial con EE.UU.: libre circulación, proyectos conjuntos de energía y tecnología, y un estatus que Bruselas estaría dispuesta a crear.
En plena guerra comercial con Estados Unidos, Canadá estudia un giro histórico en su orientación geopolítica: convertirse en «miembro asociado» de la Unión Europea, un estatus que aún no existe pero que Bruselas estaría dispuesta a crear para Ottawa, según reveló el Wall Street Journal citando a altos funcionarios europeos y canadienses bajo anonimato.
La idea, impulsada personalmente por el primer ministro Mark Carney, llega en el momento de mayor tensión entre Ottawa y Washington desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca: aranceles que afectan a decenas de miles de millones de dólares en comercio transfronterizo y ningún signo de desescalada. El giro estratégico, explican las fuentes, tiene una urgencia que antes no tenía.
Carney expondrá su visión el próximo jueves ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo. En las conversaciones, que mantiene de forma periódica con líderes europeos —especialmente con Emmanuel Macron—, se barajan medidas de gran calado: libre circulación de bienes, servicios y trabajadores canadienses en sectores estratégicos como la energía, la inteligencia artificial, la defensa y los minerales críticos; eliminación de visados para vivir y trabajar en la UE; y proyectos conjuntos de infraestructura, entre ellos cables submarinos, centros de datos, almacenamiento en la nube, redes de satélites y transporte de energía canadiense a Europa.
El modelo que se perfila no es casualidad. A comienzos de año, el canciller alemán Friedrich Merz propuso un estatus de «miembro asociado» pensado en origen para Ucrania, pero potencialmente aplicable a Canadá: una fórmula que permitiría profundizar los lazos con el bloque sin exigir la plena adhesión, algo que la UE ha defendido siempre con rigidez y que requeriría un largo proceso de reforma de sus normas. La presión de la presidencia Trump, sin embargo, podría ablandar esa intransigencia histórica.
El gesto simbólico también cuenta. El 20 de septiembre, Macron y Carney visitarán juntos San Pedro y Miquelón, territorio francés a unos 20 kilómetros de la costa atlántica canadiense. Será la primera vez que un primer ministro canadiense pisa el archipiélago, y llega una semana después de que Trump publicara en Truth Social un mapa de Norteamérica con la bandera estadounidense cubriendo, entre otros territorios, ese mismo archipiélago, Guadalupe y Martinica. El Elíseo lo definió así: un acto que «simboliza la solidez de la relación» entre ambos países y su ambición compartida de autonomía ante «el retorno de la política de fuerza».
Los obstáculos, eso sí, son reales. La UE ha sido inflexible históricamente con las normas de adhesión, y el precedente más modesto —el acuerdo comercial Canadá-UE firmado hace más de una década— sigue sin estar ratificado por varios países del bloque nueve años después de su entrada en vigor provisional. La Comisión Europea, la embajada canadiense en Bruselas y la oficina de Macron se negaron a comentar.
