«El Niño» entra en zona récord: el Pacífico acumula un calor sin precedentes y diciembre será el punto de quiebre
La NOAA eleva al 83% la probabilidad de un evento histórico. La OMM advierte que las temperaturas del Pacífico tropical podrían alcanzar valores nunca registrados. ¿Qué significa esto para Chile?
El fenómeno de El Niño sigue intensificándose en el océano Pacífico tropical y las últimas actualizaciones de los principales centros de predicción climática apuntan a un episodio de intensidad excepcional. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) elevó al 83% la probabilidad de que el evento supere los registros históricos de intensidad disponibles desde 1950 durante el trimestre octubre-diciembre de 2026.
El informe de octubre confirma que las temperaturas superficiales del mar continúan aumentando en amplias zonas del Pacífico ecuatorial, con anomalías que superan los 4 °C en algunos sectores del Pacífico oriental. El indicador Niño 3.4 —la región central del Pacífico ecuatorial— alcanzó una anomalía de +2,1 °C. Mientras tanto, la región Niño 3 registró +3,0 °C y la zona Niño 1+2, ubicada frente a las costas de Sudamérica, llegó a +3,9 °C.
Estas cifras reflejan un calentamiento oceánico que no se limita a la superficie. La NOAA detectó anomalías superiores a +10 °C en determinadas profundidades del Pacífico oriental, junto con una termoclina más profunda de lo habitual. A esto se suman cambios en los vientos tropicales, mayores precipitaciones sobre el Pacífico central y oriental, y una disminución de la actividad convectiva sobre Indonesia.
Diciembre, el mes clave
La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su actualización del 8 de octubre, proyecta para el trimestre octubre-diciembre una anomalía promedio de +3,7 °C en la región Niño 3.4. De concretarse, sería el valor más alto registrado para ese indicador.
Para dimensionar la magnitud: si la temperatura habitual del mar en esa zona fuera 20 °C, una anomalía de +3,9 °C significa que el agua está cerca de 24 °C, es decir, casi cuatro grados más caliente de lo que debería estar en ese lugar y momento. Que las tres regiones de monitoreo —Niño 1+2, Niño 3 y Niño 3.4— estén calientes indica que el calentamiento ocupa una enorme franja del Pacífico y no está concentrado en un pequeño sector.
Las proyecciones oficiales muestran que el fenómeno podría seguir fortaleciéndose durante lo que resta de 2026. Para el trimestre septiembre-noviembre, la probabilidad de superar los registros históricos es del 54%. Esta aumenta al 83% entre octubre y diciembre, mientras que para noviembre de 2026 a enero de 2027 alcanza el 70%. La NOAA utiliza para esta evaluación el Índice Oceánico de El Niño Relativo (RONI), considerando un umbral trimestral de +2,5 °C o superior para identificar un posible evento histórico. Además, el organismo estima que existe una probabilidad superior al 83% de mantener condiciones de El Niño fuerte a muy fuerte hasta el trimestre enero-marzo de 2027.
¿Qué significa esto para Chile?
En Chile, El Niño influye en la circulación atmosférica y puede modificar la distribución de las precipitaciones, especialmente durante la temporada invernal de la zona central. Históricamente, algunos episodios intensos han coincidido con inviernos más lluviosos entre las regiones de Coquimbo y el centro-sur.
Sin embargo, los expertos advierten que El Niño no funciona como un interruptor que simplemente enciende la lluvia sobre Chile. Es un evento natural de variabilidad del sistema océano-atmósfera que modifica las probabilidades de determinados patrones, pero sus efectos dependen también de otros factores. La Dirección Meteorológica de Chile (DMC) ha señalado que fenómenos como la Oscilación Madden-Julian y la Oscilación Antártica pueden alterar las condiciones mes a mes, y que un pronóstico estacional describe tendencias medias y no permite anticipar un temporal específico con meses de anticipación.
Un aspecto fundamental es que el máximo fortalecimiento previsto para este evento ocurre entre la primavera y el verano austral, cuando las condiciones climáticas son diferentes a las del invierno. Por lo tanto, no es correcto interpretar estas proyecciones como una señal automática de lluvias intensas durante los próximos meses en Santiago, Valparaíso o el resto del país.
En esta época del año también intervienen otros factores, como la posición del anticiclón subtropical del Pacífico Sur, los patrones de circulación atmosférica y el paso de sistemas frontales. Lo que sí puede afirmarse es que regiones específicas tendrán una mayor probabilidad de registrar precipitaciones o temperaturas por encima o debajo de sus rangos habituales, y esa distinción es clave cuando se habla de pronósticos climáticos y no de predicciones meteorológicas de corto plazo.
Un evento natural sobre un planeta ya calentado
Es importante insistir en que El Niño no es el resultado del cambio climático. Lo grave es que está ocurriendo sobre un planeta que ya se ha calentado por la acumulación de gases de efecto invernadero. La OMM está mostrando que el océano Pacífico está entrando en una fase extraordinariamente cálida dentro de un sistema climático que ya parte desde temperaturas mucho más altas.
Diciembre será el momento clave para observar qué ocurre cuando un fenómeno natural de gran intensidad se encuentra con un océano que ya viene acumulando calor durante décadas. La señal internacional es clara: El Niño se fortalece, el máximo se proyecta para diciembre y el Pacífico oriental presenta anomalías extraordinarias. Lo que queda por precisar es cómo esa señal oceánica se traducirá, finalmente, en el tiempo y el clima de cada región de Chile.
La lección que no debemos olvidar
El aluvión que afectó a Las Condes el jueves 8 de octubre y las inundaciones y remociones en masa que golpearon a la Región de Coquimbo en julio pasado plantean dos preguntas que Chile no puede seguir postergando: ¿qué pudimos hacer para reducir sus consecuencias y por qué la respuesta del Estado parece avanzar a distintas velocidades dependiendo del territorio afectado?
En Las Condes, el Gobierno decretó zona de catástrofe un par de horas después de decretada la emergencia; una decisión correcta y necesaria para movilizar recursos y atender a las familias damnificadas. En Coquimbo, en cambio, la declaración llegó varios días después, pese a los graves daños que ya enfrentaban distintas comunidades y las reiteradas demandas de las autoridades locales al poder central.
Ambos episodios nos recuerdan que los desastres son socionaturales, porque en ellos confluyen las condiciones geográficas y climáticas con las decisiones humanas. La intensidad de las lluvias o las características del terreno pueden explicar el origen de un aluvión, pero no necesariamente la magnitud de sus consecuencias, donde también influyen la ocupación de zonas de riesgo, la degradación de los ecosistemas y, sobre todo, las medidas de prevención que se tomaron o que quedaron pendientes.
Estas preguntas adquieren especial relevancia cuando el proyecto de Presupuesto 2027 contempla una reducción del 59% en los recursos destinados específicamente a Cambio Climático y la NDC. En un país donde los eventos extremos representan una amenaza creciente, resulta contradictorio debilitar las capacidades de adaptación que necesitamos fortalecer. La seguridad de las personas no solo depende de la rapidez con que el Estado reacciona después de una catástrofe, sino también de cuánto está dispuesto a invertir para anticiparla y prevenirla, independientemente del territorio donde ocurra.
