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Rabat no se va y Kast no lo saca: la tozudez que se volvió política de Estado

El ministro se aferra al cargo con el argumento del «respaldo del Presidente» mientras la oposición corta puentes y lo declara «interlocutor no válido». La negativa sostenida de Kast a removerlo no es un vacío: es una validación. Y si la valida, la comparte.

El ministro de Justicia, Fernando Rabat, llegó este lunes a La Moneda con la misma estrategia que ha sostenido desde que estalló la crisis por las rebajas de condena a ofensores sexuales de menores: no moverse. Acompañado de la nueva subsecretaria Josefina Soto, el secretario de Estado se encerró en una reunión con el vicepresidente Claudio Alvarado y, al salir, respondió con una frase que se ha vuelto su escudo: «Siento el respaldo del sector, siento el respaldo del Presidente de la República».

La tozudez del ministro tiene un correlato exacto en la tozudez presidencial. José Antonio Kast no lo ha removido, no lo ha cuestionado públicamente y no ha cedido a la presión opositora. Esa negativa sostenida a reemplazarlo no es un vacío: es una decisión política. Y como toda decisión política, comunica algo. Lo que comunica, en este caso, es que el Presidente valida la conducta de su ministro, comparte su lectura del problema y —eventualmente— comparte también el diseño que llevó a esta crisis.

Mientras Rabat anunciaba una mesa de trabajo «por las víctimas» y prometía tramitar con discusión inmediata los proyectos de ley para evitar que «nunca más» ocurran situaciones como las reveladas, la oposición hacía lo suyo: los presidentes de los partidos opositores llegaron hasta el recinto de La Moneda con una carta dirigida a Kast. En ella no solo piden la renuncia de Rabat: le recuerdan al Presidente su propia promesa. «Usted afirmó que, frente a este error, su Gobierno estaría ‘a la altura’. Reconocer el error no basta. Estar a la altura exige reparar el daño provocado, hacer valer las responsabilidades políticas que correspondan y transparentar ante la ciudadanía todos los antecedentes».

La carta es dura, pero el diagnóstico de fondo es más duro aún: «Dada la gravedad de su error, el ministro ya no es interlocutor válido para el país y por lo mismo tampoco para nosotros como autoridades». La oposición cortó puentes con Rabat. No lo reconoce como contraparte. Y sin embargo, Rabat sigue en el cargo.

Esa es la ecuación que la terquedad produce: un ministro que se aferra al puesto con el argumento del respaldo presidencial, un Presidente que se aferra al ministro con el argumento del respaldo al sector, y una oposición que se aferra a la exigencia de renuncia sin poder hacerla efectiva. Ninguno cede. Y en medio de ese triple empate, la conclusión posible se impone: si Kast mantiene a Rabat pese a la crisis, pese a la carta opositora, pese al costo político, es porque considera que las decisiones y acciones de su ministro son defendibles. O más precisamente: porque las comparte. La tozudez de Rabat por no renunciar y la tozudez de Kast por mantenerlo no son dos fenómenos separados. Son el mismo fenómeno visto desde dos oficinas distintas.

El detalle que refuerza esa lectura es la salida de Luis Silva, el antecesor de Soto, obligado a renunciar por un extraño video en el que se desmarcaba de los decretos que permitieron las rebajas de condena. Silva se fue supuestamente por desmarcarse. Rabat se queda por no hacerlo. La diferencia no es menor: el gobierno premia la lealtad con el decreto y castiga la distancia con él. Quien se desmarca, sale; quien se aferra, se queda. Esa es la regla que Kast ha instalado, y Rabat la encarna con una obstinación que ya no admite lectura inocente.

La mesa «por las víctimas» que Rabat anuncia puede leerse, en ese contexto, como un gesto de supervivencia más que como una reparación. Se anuncia después de la crisis, no antes. Se activa cuando la oposición ya cortó puentes, no cuando los decretos se firmaron. Y se ofrece como solución legislativa a un problema que el propio gobierno generó por vía administrativa. La obstinación, en este caso, no solo sostiene al ministro: también sostiene el relato de que el problema es la ley de hace veinte años y no la decisión de quienes la aplicaron.

La conclusión posible, entonces, no es que Kast «tolera» a Rabat. Es más incómoda: Kast lo respalda porque comparte lo que Rabat hizo. La tozudez del ministro y la del Presidente no son un accidente de carácter. Son una política.

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