El sábado 28 de febrero de 2026, mientras la mayor parte del planeta dormía, misiles estadounidenses e israelíes convirtieron Teherán en un infierno de fuego y humo. La operación fue denominada “Roaring Lion” (Rugido del León) por Israel y “Epic Fury” (Furia Épica) por el Departamento de Defensa de EE.UU., y tuvo como objetivo principal al líder supremo de Irán, Ali Jameneí. Al amanecer del domingo, Trump anunció en Truth Social que Jameneí, a quien llamó “una de las personas más malvadas de la Historia”, había sido asesinado. Los medios iraníes lo confirmaron pocas horas después. Se declararon 40 días de duelo nacional.
El mundo ingresó a un territorio desconocido.
Un siglo de heridas: la historia que nadie quiere recordar
Para entender lo que ocurre hoy, hay que retroceder más de siete décadas. En 1951, el primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh cometió lo que Washington y Londres consideraron un crimen imperdonable: nacionalizar el petróleo de su país. La respuesta no se hizo esperar. En 1953, la CIA y el MI6 británico orquestaron el golpe de Estado que derrocó a Mosaddegh —un líder democráticamente electo— y reinstalaron al Shah Reza Pahlavi como monarca absoluto. Irán, con toda su riqueza petrolera, volvía a estar bajo control occidental. La humillación quedó grabada a fuego en la memoria histórica iraní.
Durante décadas, el Shah gobernó con mano de hierro, apoyado por occidente. Su policía secreta, la SAVAK, fue una de las más brutales del mundo. La represión acumuló una deuda de rabia que estalló en 1979 con la Revolución Islámica liderada por el Ayatolá Jomeini. Irán cortó toda relación con EE.UU., tomó rehenes en la embajada norteamericana durante 444 días y fundó una república teocrática que desafiaría al orden occidental durante casi medio siglo. Jameneí, quien fue asesinado este sábado, fue el segundo y último líder supremo de esa revolución, ejerciendo el poder desde 1989.
La relación con Israel tiene su propia geometría de odio. Desde la revolución del 79, Irán no reconoció al Estado israelí, financió a Hezbollah en el Líbano, apoyó a Hamas en Gaza, y mantuvo una retórica de confrontación permanente. Israel, por su parte, lleva más de dos décadas repitiendo la misma advertencia: Irán está “a punto” de tener armas nucleares. Netanyahu ha advertido por más de veinte años que Irán está al borde de adquirir armamento nuclear. Esa amenaza, repetida hasta el cansancio con diferentes fechas límite que nunca se cumplieron, fue el combustible político que alimentó décadas de presión, sanciones, sabotajes y finalmente, guerra abierta.
La república islámica: un régimen que se construyó sobre el martirio
Antes de analizar las consecuencias del ataque, es necesario entender qué es exactamente lo que EE.UU. e Israel acaban de golpear, y por qué hacerlo podría ser, paradójicamente, la peor decisión estratégica posible.
Irán —y esto es fundamental— no es árabe. Es persa. Una civilización de 3.000 años con una identidad propia y un orgullo nacional tan profundo como su historia. La confusión entre “Irán” y “el mundo árabe” no es solo un error geográfico; es un error político. Los iraníes son chiitas en un mar de sunitas. Son persas en un mundo árabe. Esa diferencia importa enormemente: el nacionalismo iraní no se disuelve con el cambio de régimen. Es anterior a la república islámica y la sobrevivirá.
La República Islámica fundada en 1979 es, sin duda, uno de los regímenes más represivos del planeta. Teocrática, intolerante, violenta con su propio pueblo. En enero de 2026, semanas antes del ataque, el gobierno iraní masacró a miles de civiles durante las protestas más grandes desde la Revolución Islámica, que se extendieron a más de 100 ciudades impulsadas por la crisis económica y el colapso del rial. Esa brutalidad interna fue utilizada como justificación moral adicional por Washington.
Pero aquí reside la trampa mortal de la lógica militar: en la cosmovisión chiita que sustenta a la República Islámica, la muerte en combate no es una derrota. Es un martirio. Es el camino sagrado hacia Dios. Jameneí fue declarado mártir por el presidente iraní Pezeshkian en las horas siguientes a su muerte. Pezeshkian lo llamó un héroe que “lideró la Revolución Islámica con sabiduría y valentía” y prometió vengar su muerte. El martirio, en esta lógica, no cierra el conflicto: lo santifica y lo multiplica. Cada bomba que cae sobre Teherán es, para millones de creyentes, una razón más para luchar.
El asesinato de un anciano, el nacimiento de un mártir
Hay algo que los estrategas de Washington y Tel Aviv parecen haber ignorado deliberadamente: Jameneí tenía 86 años. Era, según múltiples fuentes, un anciano recluido, cada vez más aislado del poder real, cuya influencia efectiva sobre el aparato del Estado iraní era ya más simbólica que operativa. Tras la Guerra de los Doce Días de junio de 2025, Jameneí se volvió crecientemente recluso; el búnker de su residencia era tan profundo que el ascensor tardaba más de cinco minutos en alcanzarlo. Era, en la práctica, un blanco casi imposible… hasta que la CIA lo localizó.
Matar a un anciano de 86 años que probablemente moriría de muerte natural en meses es, desde el punto de vista estratégico, una apuesta de enormes proporciones y resultados imprevisibles. No elimina al régimen. No acaba con el CGRI, Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, no desmantela décadas de instituciones, estructuras de poder y lealtades religiosas. Lo que sí hace es convertir a ese anciano en mártir eterno, y en símbolo de resistencia para decenas de millones de personas.
El secretario general de la ONU, António Guterres, declaró ante una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad que la oportunidad para la diplomacia había sido “desperdiciada” y que “la acción militar conlleva el riesgo de desencadenar una cadena de eventos que nadie puede controlar en la región más volátil del mundo.”
El incendio se extiende: oriente medio en llamas
Las consecuencias inmediatas del ataque fueron exactamente las que cualquier analista medianamente serio habría predicho. El 1 de marzo, Irán respondió lanzando misiles y drones contra Israel, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin, Jordania y Arabia Saudita. El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica anunció ataques contra 27 bases en Oriente Medio donde hay tropas estadounidenses.
El aeropuerto internacional de Dubái y el aeropuerto Zayed de Abu Dhabi sufrieron daños por drones. Más de 1.800 vuelos en y desde países de Oriente Medio fueron cancelados el sábado, y otros 1.400 el domingo. La perturbación del tráfico aéreo se extendió hasta Brasil y Australia.
Irán también golpeó el aeropuerto de Dubái y el hotel Fairmont The Palm. Los países del Golfo, algunos de ellos aliados discretos de la operación, pagaron el precio de su complicidad geográfica con EE.UU.
El conflicto ya se expandió El mismo lunes 2 de marzo, la guerra se extendió más allá de Irán con ataques mutuos entre Israel y Hezbollah.
El estrecho de Hormuz: la bomba económica bajo el mar
El verdadero terror económico global no reside en los misiles, sino en un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho entre Irán y Omán. El Estrecho de Hormuz conecta el Golfo Pérsico con el Mar de Arabia, y por sus apenas 3 kilómetros de carril de navegación en cada dirección transitan aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo diarios, equivalente al 20% del consumo mundial de crudo.
Al momento del estallido del conflicto, rastreadores de tanqueros en línea mostraron que numerosos buques simplemente se detuvieron, anclados fuera del estrecho, sin atreverse a entrar. Ese solo hecho envió ondas de choque a los mercados globales.
Goldman Sachs estimó que los precios del petróleo podrían superar los 100 dólares por barril en caso de perturbación extendida al estrecho. Un cierre prolongado del Estrecho de Hormuz podría empujar a la economía global hacia una recesión. Un economista de Capital Economics advirtió que si los precios del crudo alcanzaran los 100 dólares y se mantuvieran en esos niveles, eso añadiría entre 0,6 y 0,7 puntos porcentuales a la inflación global, con impacto también sobre los precios del gas natural.
Las economías asiáticas son las más expuestas: China, India, Japón y Corea del Sur reciben tres cuartas partes del crudo que transita por Hormuz. China, la segunda economía del mundo, obtiene la mitad de sus importaciones de crudo a través de ese estrecho.
Las motivaciones reales: petróleo, china, netanyahu y la obsesión de trump
¿Por qué ahora? ¿Por qué en medio de negociaciones nucleares que aún no habían fracasado formalmente? Las respuestas son múltiples y se entrecruzan en una madeja de intereses que va mucho más allá de la retórica oficial sobre la paz y el antiterrorismo.
La variable China: Este es quizás el factor más subestimado por la opinión pública. China compraba más del 80% del petróleo exportado por Irán en 2025, lo que representaba el 13,5% de todo el crudo importado por mar por Beijing. Trump y Netanyahu acordaron en febrero aumentar la presión económica sobre Irán enfocándose específicamente en las ventas de petróleo iraní a China. Según análisis del Washington Examiner, al destruir el régimen iraní, Trump no juega a las damas sino al ajedrez: al controlar el suministro de crudo barato a China —junto con las medidas similares tomadas contra Venezuela— más de dos tercios de las importaciones de petróleo chinas quedarían bajo presión o control occidental, lo que complicaría enormemente cualquier intento de China de invadir Taiwan.
La variable Netanyahu: Diversos analistas de política exterior coincidieron en que esta es, en esencia, una guerra de Israel que EE.UU. está librando. “Israel ha empujado a EE.UU. para atacar Irán durante dos décadas, y finalmente lo lograron”.
Netanyahu se reunió con Trump en febrero para presentarle un plan de ataque a Irán.
Según analistas, la insistencia de Netanyahu en ampliar las condiciones del acuerdo nuclear con términos imposibles de aceptar para Irán —como el desmantelamiento de su programa de misiles balísticos— era una maniobra calculada para garantizar el fracaso de la diplomacia. “Israel sabe que Irán no aceptará estas condiciones. Al ponerlas, Israel está diciendo que su única opción es la guerra”. El actual gobierno ha ido más allá de usar la fuerza militar para lograr acuerdos políticos; la guerra se ha convertido en el objetivo en sí mismo. Paradojalmente mantenerse en Guerra es lo que le da vida a Netanyahu.
La variable Trump: Trump, como Netanyahu, parece creer que la diplomacia no requiere conocimiento especializado y que hacer negocios es igual ya sea con el Kremlin, la República Islámica o el Departamento de Obras de Nueva York. Esa arrogancia disfrazada de pragmatismo explicaría en buena parte su fracaso también en Ucrania.
Un planeta que mira y calla
Lo más perturbador de este escenario no es únicamente lo que ocurre en Oriente Medio. Es la reacción —o la ausencia de ella— del resto del mundo.
China llamó a un “cese inmediato de las acciones militares” y exigió el respeto a la soberanía iraní. Francia convocó una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU. La UE pidió “máxima contención”. Condenas. Palabras. Nada más.
Analistas señalan que ni Rusia ni China están en posición de ofrecer apoyo material significativo a Irán. Años de guerra en Ucrania han agotado la capacidad de proyección rusa, mientras que China evita confrontar directamente a Washington ante el riesgo de comprometer sus propias relaciones comerciales.
El patrón Trump se ha vuelto aterrador en su consistencia: amenazas de apropiación sobre Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá; la deportación de ciudadanos venezolanos y salvadoreños a prisiones de máxima seguridad sin proceso judicial; la transformación de Venezuela en un protectorado de facto; la captura y entrega de dirigentes extranjeros; el despliegue de fuerzas militares sin consultar al Congreso. Y ahora, el asesinato del líder supremo de un Estado soberano de 90 millones de habitantes, en medio de negociaciones diplomáticas que aún estaban en curso.
El secretario general de la ONU lo dijo con claridad meridiana: la oportunidad para la diplomacia fue “desperdiciada”. Pero en el mundo que Trump ha construido, la diplomacia parece ser simplemente el intervalo entre un ataque y el siguiente.
¿Qué viene ahora? el tablero impredecible
Si el régimen iraní se siente amenazado en su existencia, reaccionará con mayor violencia que si creyera que puede sobrevivir a los ataques. Esa es la trampa perfecta: cuanto más se golpea a Irán, más razones tiene para endurecer su respuesta.
Los escenarios son múltiples y ninguno es tranquilizador. En el mejor caso, el régimen colapsa rápidamente, emerge un gobierno de transición y el Estrecho de Hormuz se normaliza en semanas. En el peor, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica CGRI controla el país, cierra el Estrecho durante meses, los precios del petróleo superan los 100 dólares, la inflación global se dispara, las bolsas caen entre un 10% y un 20%, y el conflicto se extiende con ataques de células durmientes en Europa, América y Asia. Ya el 1 de marzo se reportaron ataques en Texas, Ontario y Karachi, presuntamente vinculados al conflicto.
Expertos de mercados financieros advierten que si el conflicto se convierte en un esfuerzo de cambio de régimen de tres a cinco semanas, los mercados reaccionarían “muy mal”, al incorporar un conflicto más amplio y una perturbación más prolongada del suministro de petróleo.
El planeta está ante una encrucijada. Una superpotencia con capacidad nuclear ilimitada, liderada por un hombre que actúa sin freno institucional visible, acaba de demostrar que está dispuesta a asesinar a líderes de Estado soberanos, bombardear capitales y encender regiones enteras cuando lo considera conveniente. Sin pedirle permiso a nadie.
La pregunta que el mundo debería hacerse esta semana no es solo qué pasará en Irán. La pregunta que realmente importa es: ¿Quién es el próximo?


