ChileTecnologíaTendencias

Despedir con inteligencia artificial sale gratis para la empresa y caro para el país

Cada compañía se queda con todo el ahorro de automatizar, pero traspasa buena parte del costo al resto de la economía. El debate sobre cómo cobrarles ese costo ya golpea la puerta de Chile, donde el desocupado promedio lleva más de tres años sin ver bajar el desempleo del 8%.

Hay una pregunta que empieza a incomodar a economistas, bancos centrales y directorios de empresas por igual: si todas las compañías reemplazan trabajadores por inteligencia artificial al mismo tiempo, ¿quién queda con ingresos para seguir comprando lo que esas mismas compañías producen? La pregunta no es retórica. Dos investigadores de Estados Unidos acaban de ponerle números.
Un modelo que explica por qué nadie frena a tiempo
El economista Brett Hemenway Falk, de la Universidad de Pensilvania, y Gerry Tsoukalas, de Boston University, publicaron a través de The Wharton School un paper titulado «The AI Layoff Trap» (la trampa del despido por IA). Su hallazgo central es simple de entender y, por lo mismo, difícil de discutir: cuando una empresa reemplaza a un trabajador por un sistema de inteligencia artificial, se queda con el cien por ciento del ahorro salarial. Pero ese mismo trabajador, al perder su ingreso, deja de comprar, de pagar arriendo o dividendo, de contratar servicios. Esa pérdida de consumo no la paga solo la empresa que despidió: se reparte entre todo el mercado.
El resultado, explican los autores, es una carrera armamentista silenciosa. Mientras más competidores hay en un sector, menor es la parte del daño que cada empresa asume por su propia decisión de automatizar, y mayor el incentivo individual para adelantarse a las demás. «El problema no es que las empresas no vean el riesgo. Es que, aunque lo vean, a cada una en lo individual le sigue convenimos automatizar antes que su competencia», es, en esencia, la lógica que describe el estudio: un dilema del prisionero aplicado a la fuerza de trabajo.
«¿Quién va a quedar para comprar productos si todos son automatizados y reemplazados por un robot?» — Gerry Tsoukalas, Boston University
En el límite teórico que describen Falk y Tsoukalas, las empresas alcanzan una productividad prácticamente ilimitada, pero con una demanda que tiende a cero: el punto en que la eficiencia interna ya no encuentra clientes que puedan pagarla. Los investigadores probaron además las soluciones que suelen proponerse frente al desempleo tecnológico —renta básica universal, reconversión laboral, participación de los trabajadores en el capital, negociación privada— y ninguna altera el cálculo individual de cada empresa. La única que sí lo hace, según su modelo, es un impuesto a la automatización calculado sobre el daño real que cada despido provoca en la demanda del sector. Esa fórmula, por ahora, no figura en la agenda fiscal de ningún país.
De la teoría a las cifras: los primeros despidos ya tienen nombre
El paper no describe una posibilidad lejana. La consultora de recolocación laboral Challenger, Gray & Christmas contabilizó 54.694 despidos en Estados Unidos durante 2025 en los que la IA fue citada explícitamente como la causa, dentro de un total de 1,17 millones de recortes ese año, el mayor volumen desde la pandemia. Desde que las empresas comenzaron a mencionar la inteligencia artificial como motivo de despido en 2023, la cifra acumulada ya supera los 71 mil puestos. En marzo de este año, la IA volvió a liderar todas las causales de despido del mes en ese país, con más de 15 mil recortes, una cuarta parte del total.
El caso más citado por los propios autores del estudio es el de la fintech Block, que en febrero de 2026 despidió a casi la mitad de una plantilla de diez mil personas. Su fundador, Jack Dorsey, dijo que la inteligencia artificial había hecho innecesarios muchos de esos cargos y que, en el plazo de un año, la mayoría de las empresas llegará a la misma conclusión. No todos los especialistas están de acuerdo con que la productividad real justifique esos recortes: el propio profesor de Wharton Ethan Mollick advirtió que es difícil sostener mejoras de productividad tan grandes con herramientas todavía tan nuevas, y una investigación de Harvard Business Review de comienzos de este año concluyó que buena parte de las empresas despide por el potencial futuro de la IA, no por resultados ya comprobados.
El Foro Económico Mundial llegó a una conclusión parecida por otra vía. En un informe de julio advirtió que los programas tradicionales de reconversión laboral no logran seguirle el ritmo a la disrupción que provoca la inteligencia artificial: los empleos cambian más rápido de lo que es posible recapacitar a quienes los ocupan. Si el mercado laboral mundial fuera un grupo de cien personas, 59 necesitarían reconversión o actualización de habilidades hacia 2030, y 11 de ellas no podrían acceder a esa ayuda, lo que equivale a más de 120 millones de trabajadores en riesgo de quedar desplazados en el mediano plazo.
«El debate global sobre la IA y el futuro del trabajo lleva una década haciendo la pregunta equivocada. Preguntamos qué empleos van a sobrevivir. Deberíamos preguntar si ‘empleo’ sigue siendo la unidad de análisis correcta» — Foro Económico Mundial
Chile no mira esto desde la tribuna
El fenómeno dejó de ser un ejercicio exclusivamente estadounidense o europeo. El Banco Mundial, en su Informe sobre el Desarrollo Mundial 2026, hizo su primera evaluación formal del impacto de la inteligencia artificial en países en desarrollo y calculó que un 14,2% de los empleos en países de ingreso alto —categoría en la que ubica a Chile en Sudamérica, junto a Uruguay— está expuesto al riesgo de automatización derivado de la IA generativa. El mismo informe matiza que la productividad de un 18,7% de los empleos en esos países podría, en cambio, aumentar de forma significativa gracias a la misma tecnología: no es un escenario de una sola dirección.
La adopción, en todo caso, ya es masiva entre los propios trabajadores chilenos. Según cifras recogidas este año, un 66% de los profesionales del país usa inteligencia artificial en su trabajo, una cifra que casi se triplica frente al 24% registrado en 2024. Un 43% ya la usa incluso para adaptar su currículum a cada postulación.
El indicio más concreto de que algo está cambiando en la estructura del empleo, sin embargo, aparece en los datos más recientes de ocupación juvenil. Un análisis reciente basado en cifras del Instituto Nacional de Estadísticas mostró que los trabajadores más jóvenes son el único grupo etario cuya tasa de ocupación es hoy menor que antes del lanzamiento de ChatGPT, y que su tasa de desempleo es más de cuatro puntos porcentuales superior a la registrada en el año previo a esa fecha. «Pareciera que la IA podría efectivamente estar jugando un rol en la realidad laboral», es la lectura que hacen quienes siguen de cerca esa cifra, aunque advierten que incluso en ocupaciones de baja exposición directa a la IA el empleo juvenil se ha reducido, lo que sugiere que el fenómeno no se explica solo por la tecnología.
El propio Banco Central ha intensificado su seguimiento del fenómeno. En su Informe de Política Monetaria de septiembre del año pasado, el instituto emisor documentó que en los últimos años se ha consolidado en Chile un nuevo equilibrio organizacional caracterizado por dotaciones laborales más reducidas, un cambio que no se explica solo por la evolución de la actividad económica, sino también por la introducción de nuevas tecnologías y la reorganización del trabajo al interior de las empresas.
Un mercado laboral que ya venía debilitado
La irrupción de la inteligencia artificial no llega a un mercado laboral chileno en buena forma. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, la tasa de desocupación se ubicó en 9,4% durante el trimestre abril-junio de este año, su nivel más alto en cinco años, con una informalidad laboral que llegó a 27%. El país acumula ya más de tres años consecutivos con una tasa de desempleo igual o superior al 8%. El propio INE precisó que buena parte del empleo creado en el último año corresponde a trabajo por cuenta propia y asalariados informales, no a puestos con contrato y cotizaciones estables, justo el tipo de empleo más vulnerable a un shock adicional de automatización.
Es en ese contexto —desempleo persistente, informalidad al alza y una generación joven que ya muestra señales de rezago— donde el debate que plantea el estudio de Wharton deja de ser un ejercicio académico distante. Si la carrera hacia la automatización responde, como sostienen Falk y Tsoukalas, a una lógica que ninguna empresa puede frenar por sí sola, la pregunta relevante para Chile no es si la inteligencia artificial va a reemplazar empleos, sino quién va a asumir el costo de esa transición y con qué instrumentos de política pública el país piensa enfrentarla. Por ahora, esa conversación recién empieza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *