Capitales a la deriva: La batería legislativa no frena el éxodo de miles de millones de dólares
Pese al discurso proinversión y los incentivos de la Ley Miscelánea, más de US$2.100 millones abandonaron el país en el primer semestre, revelando un mercado deprimido y una pérdida estructural de la confianza local.
El discurso de la certidumbre económica vuelve a chocar contra la contundencia de los números. Durante el primer semestre de 2026, la salida de capitales desde Chile hacia el exterior alcanzó los US$ 2.146 millones, monto administrado por personas y empresas no financieras que prácticamente triplica los US$ 723 millones registrados en el mismo periodo de 2025. La cifra no solo representa el registro más elevado para un arranque de año desde 2022, sino que pone contra las cuerdas la narrativa del Ejecutivo, cuyo eje articulador ha sido la promesa de restaurar la confianza privada y dinamizar la inversión.
Aunque la contabilidad del Banco Central refleja una desaceleración pronunciada entre el primer trimestre —que concentró un éxodo masivo de US$ 1.887 millones— y el segundo —donde el flujo descendió a US$ 258 millones—, el dato semestral enciende alarmas profundas en el ecosistema empresarial. La interrogante que cruza a los analistas es políticamente incómoda: ¿por qué, en un escenario despejado de debates constitucionales y sin reformas tributarias punitivas en el horizonte, el dinero sigue huyendo del mercado local?
Las respuestas de los expertos apuntan a un deterioro del dinamismo interno que las herramientas legislativas no han logrado revertir. La gran apuesta del Gobierno, la denominada Ley Miscelánea, fue tramitada bajo la bandera de otorgar certezas mediante esquemas de invariabilidad tributaria para megaproyectos de hasta 20 años. Sin embargo, su tortuoso tránsito legislativo, sumado al freno impuesto por el Tribunal Constitucional a varios de sus mecanismos clave, limó la imagen de solidez institucional que el Ministerio de Hacienda pretendía proyectar.
A este complejo trasfondo regulatorio se suma la fría realidad de los indicadores macroeconómicos. Con un Producto Interno Bruto (PIB) que se contrajo un 0,2% anual en el segundo trimestre, acumulando dos periodos consecutivos en terreno negativo, el atractivo de Chile se ha desvanecido frente a alternativas internacionales más sólidas. Para analistas del sector, un crecimiento anémico cercano al 2% resulta insuficiente para garantizar los retornos que exigen las grandes carteras de inversión. Mientras los mercados desarrollados como Estados Unidos continúan ofreciendo tasas de interés competitivas y liquidez, el mercado de capitales chileno, aún resentido por los embates de los últimos años, es visto con cautela.
No obstante, las lecturas más críticas sugieren que no se trata únicamente de un sobresalto coyuntural, sino de una transformación estructural en la conducta de las personas de alto patrimonio y los grupos corporativos. La experiencia acumulada tras periodos de alta volatilidad consolidó una conducta permanente: la sofisticación de las carteras a través de la diversificación geográfica, multidivisa y por tipos de activo. Minimizar la exposición al «riesgo Chile» dejó de ser una medida de emergencia para transformarse en un estándar de gestión patrimonial a largo plazo.
Desde Hacienda confían en la hipótesis del efecto retardado. La tesis oficial sugiere que el sesgo recesivo del primer trimestre irá cediendo a medida que los incentivos de la megarreforma surtan efecto, permitiendo retener o atraer capitales en la medida en que la economía retome dinamismo. Sin embargo, el margen de maniobra de la política pública parece estrecharse. Ajustar impuestos y normativas no ha garantizado, hasta ahora, el retorno del capital. Si el flujo al exterior vuelve a acelerarse en los próximos trimestres, La Moneda no solo enfrentará un estancamiento en sus cifras de crecimiento, sino el juicio definitivo de un mercado que decidió buscar refugio al otro lado de las fronteras.
