El fin de la autonomía estratégica: La renuncia al MNOAL consuma el sumiso alineamiento de Chile con EE.UU.
Tras 55 años de neutralidad pragmática, la decisión de la administración Kast de abandonar el bloque del Sur Global sacrifica el multilateralismo histórico en favor del dogmatismo ideológico junto a Washington.
La política exterior chilena atraviesa un viraje doctrinario sin precedentes recientes. La decisión de la administración de extrema derecha encabezada por José Antonio Kast de retirar al país del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) —bloque de integración multilateral del que Chile formaba parte desde hace 55 años— constituye el hito más categórico del alineamiento del Ejecutivo con Estados Unidos. Esta medida dinamita la tradición diplomática de neutralidad activa y autonomía pragmática que caracterizó a la República durante décadas, subordinando el interés nacional a una sintonía ideológica directa con el proyecto conservador de Donald Trump.
La justificación oficial de la Cancillería, al señalar que la organización responde a «otro contexto global» que no atiende los desafíos actuales, ha sido calificada por un transversal abanico de diplomáticos y excancilleres como una torpeza estratégica. Exautoridades como Heraldo Muñoz, José Miguel Insulza y Mariano Fernández han advertido que el abandono del MNOAL priva a Chile de un espacio clave de negociación donde confluían más de cien naciones del Sur Global. Históricamente, este foro permitió contener iniciativas diplomáticas adversas —como las demandas marítimas bolivianas en La Haya— y levantar apoyos decisivos en causas multilaterales, entre las que hoy destaca la candidatura de Valparaíso para albergar la Secretaría del Tratado de Alta Mar.
Este repliegue voluntario se produce en medio de un escenario internacional convulso, marcado por la consolidación de China como el nuevo polo hegemónico del siglo XXI y el simultáneo declive y radicalización del rol dominante de Estados Unidos. Mientras Pekín despliega un liderazgo pragmático centrado en el beneficio comercial, la inversión en infraestructura limpia y la compra de materias primas sin condicionamientos políticos, Washington reeedita los dogmas más punitivos de la Doctrina Monroe. Lejos de actuar como un socio predecible, la Casa Blanca ha intensificado sus presiones sobre Santiago: intervenciones diplomáticas para veto e injerencia en proyectos de interconexión digital transpacífica, sanciones a personeros políticos y la imposición de barreras arancelarias que vulneran flagrantemente el Tratado de Libre Comercio (TLC) vigente entre ambas naciones.
Resulta paradojal que, frente a un Estados Unidos que castiga económicamente e interviene en las decisiones soberanas del país, el gobierno de Kast responda desmantelando los amortiguadores diplomáticos de Chile. La salida del MNOAL deja en evidencia una «diplomacia del alineamiento» que busca la validación de socios preferenciales en el ala más dura de la derecha global —a la par de liderazgos como el de Viktor Orbán en Hungría—, aun cuando esa lealtad ideológica redunde en desventajas concretas para la soberanía y el desarrollo nacional.
La renuncia al pragmatismo expone además una preocupante desconexión entre la agenda gubernamental y la matriz productiva del país. Las exportaciones chilenas de cobre, litio y productos agropecuarios dependen de manera vital de la demanda asiática. Además, existe en la ciudadanía y en los sectores corporativos la clara percepción de que las oportunidades de futuro residen en el Océano Pacífico y la cooperación con Asia, y no en la subordinación a una potencia norteamericana volátil y proteccionista. Para el ciudadano común, la relación con Pekín no obedece a afinidades dogmáticas, sino a la garantía de un crecimiento económico estable.
El alineamiento del Ejecutivo con Washington no solo compromete la reputación de Chile como un actor internacional confiable, predecible y respetuoso del multilateralismo, sino que debilita gravemente su capacidad de negociación en el mapa geopolítico multipolar. Renunciar a la autonomía estratégica para satisfacer la sintonía ideológica de un mandato de turno representa una vulnerabilidad de alto riesgo. En un mundo donde las potencias redefinen sus áreas de influencia, abandonar los foros del Sur Global para alinearse con un hegemon punitivo significa trocar la soberanía del país por una adhesión dogmática de dudoso retorno.