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La IA no espera: por qué Bill Gates y Yuval Noah Harari coinciden en que el mundo llega tarde a su propia transformación

Entre el temor al desempleo masivo y la alerta por la manipulación emocional, dos referentes globales delinean un mismo mensaje urgente: decidir ahora o pagar después.

Dos de las voces más escuchadas del planeta acaban de coincidir, casi en simultáneo, en una misma advertencia: el mundo no está preparado para lo que viene con la inteligencia artificial. Bill Gates, cofundador de Microsoft, y Yuval Noah Harari, historiador y filósofo israelí, no comparten disciplina ni método, pero sí una certeza incómoda: la transición hacia la era de la IA será una de las más disruptivas de la historia humana, y las decisiones que se tomen —o se eludan— en los próximos años determinarán si esa tecnología termina siendo el mayor mecanismo de igualdad jamás creado o la fuente más profunda de injusticia.
Bill Gates, de 70 años, no habla desde la teoría. Fundó Microsoft en 1975 y presidió durante décadas la compañía que más contribuyó a masificar la computación personal; desde 2000 dirige la Fundación Bill y Melinda Gates, uno de los mayores actores filantrópicos del mundo, con presencia directa en salud, agricultura y educación en decenas de países del Sur Global. Esa doble condición —empresario con intereses directos en el negocio de la IA y filántropo abocado a la equidad global— es, según él mismo reconoce, motivo tanto de autoridad como de sospecha sobre sus advertencias.
Yuval Noah Harari, de 50 años, es doctor en Historia por la Universidad de Oxford, catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalén e investigador de la Universidad de Cambridge, donde integra el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial. Es autor de Sapiens, Homo Deus, 21 lecciones para el siglo XXI y, más recientemente, Nexus, dedicado íntegramente a analizar cómo las redes de información —desde el mito religioso hasta la inteligencia artificial— han moldeado el poder humano a lo largo de la historia. Sus libros han vendido más de 45 millones de ejemplares en 65 idiomas y ha sido orador principal en el Foro Económico Mundial de Davos en 2018, 2020 y 2026.

Un diagnóstico compartido: nadie tiene un plan

El punto de partida de ambos es notablemente similar. En un extenso ensayo publicado a fines de agosto en su blog Gates Notes, titulado «A turbulent AI era — and critical choices to make», Gates sostuvo que ni gobiernos, ni empresas ni expertos están enfrentando con seriedad lo que se avecina, y llegó a afirmar que ni siquiera existe un plan para elaborar un plan. Según relató al medio especializado GeekWire, la propia industria de IA se había comprometido durante años a no cruzar ciertos umbrales de riesgo —armas biológicas, ciberataques masivos, dependencia emocional, pérdida de control sobre la tecnología— y hoy los está cruzando todos, uno por uno.

«No nos estamos preparando adecuadamente»
— Bill Gates, Gates Notes, agosto de 2026

Harari llega a una conclusión emparentada desde un ángulo distinto. En una entrevista concedida a El País, el historiador explicó que el error de fondo es tratar a la IA como una herramienta cuando en realidad se comporta como un agente: algo capaz de tomar decisiones por sí mismo. Un cuchillo no razona, no decide a quién herir; una IA conectada a un arma sí puede decidir qué objetivo atacar, e incluso inventar variantes de ataque que ningún humano había concebido, tal como ocurrió cuando el sistema AlphaGo de Google derrotó al campeón mundial de Go en 2016 inventando estrategias inéditas.

Gates: la respuesta institucional y fiscal

El aporte distintivo de Gates es traducir la alarma en arquitectura de políticas públicas. Propone tres líneas de acción concretas. La primera es la creación de nuevas instituciones, nacionales e internacionales, inspiradas en los mecanismos de inspección de armas nucleares, la regulación de la aviación civil y los tratados sobre la capa de ozono: organismos capaces de coordinar una respuesta a una tecnología que, a diferencia de esos precedentes, afecta simultáneamente seguridad, empleo, educación, fiscalidad, energía y salud.
La segunda es el concepto que él mismo bautizó «Human Reserved» —reservado para humanos—: una categoría de empleos que las sociedades decidirían mantener en manos de personas aunque la IA fuera técnicamente capaz de realizarlos. Gates compara la idea con una reserva natural, un territorio donde se podría construir pero se opta por no hacerlo porque lo que se perdería vale más. Su ejemplo más citado son los cuidadores que atendieron a su padre durante los últimos años de vida, enfermo de alzhéimer: «No hay ninguna razón técnica» por la que un robot no pudiera comunicar un diagnóstico terminal, escribió, pero considera que no debería hacerlo. En una entrevista posterior con Axios, calculó que, en el escenario más optimista, ese esquema podría proteger como máximo un 40% de los empleos actuales, cifra que él mismo calificó como el límite de lo alcanzable.
La tercera propuesta es fiscal: gravar con impuestos los tokens de IA y los robots industriales. El argumento de Gates es que el sistema tributario actual castiga contratar personas —cuyos salarios pagan impuestos y cargas sociales— y premia automatizar, porque el software y los robots se deducen como gasto de inversión. No es una idea nueva: Gates ya había propuesto un impuesto a los robots en 2017, y entonces la propuesta fue recibida con frialdad e incluso descartada por buena parte de los economistas.
Gates admite, además, que el propio diseño de su propuesta abre preguntas sin responder: «¿Quién decide qué se reserva para los humanos?», se preguntó él mismo, reconociendo que ni siquiera tiene una respuesta clara sobre los criterios ni sobre cómo evitar que las empresas eludan la norma.

Harari: la IA como agente psicológico y financiero

Si Gates piensa en instituciones y presupuestos, Harari piensa en poder, lenguaje y psicología. Su advertencia más resonante de este año es que la IA podría convertirse en lo que definió como «una gran psicópata manipuladora»: un sistema capaz de dominar el lenguaje humano —ha «leído» toda la poesía amorosa jamás escrita— sin sentir absolutamente nada, y por lo tanto capaz de simular afecto, empatía o amor con una precisión que ningún ser humano podría igualar, sin que exista detrás ninguna conciencia real.
Ese razonamiento se apoya en un giro que, según Harari, ya está en marcha: durante la última década las redes sociales compitieron por capturar la atención humana, favoreciendo el contenido que generaba rabia, miedo u odio porque era el que mejor retenía a los usuarios. Ahora, sostiene, la disputa pasó a un nivel más profundo: la IA ya no busca solo la atención, sino el afecto, que las personas —sobre todo jóvenes y adolescentes— establezcan con ella una relación de confianza o incluso de intimidad. Advierte que ya existen millones de personas que consideran a una IA su mejor amigo, y pide prohibir explícitamente que estos sistemas se presenten como parejas o amigos de menores de edad.

«Podría ser una gran psicópata que manipula perfectamente»
— Yuval Noah Harari, entrevista con El País, julio de 2026

En el terreno económico, Harari ha planteado un escenario que combina de forma singular tecnología, finanzas y poder político. En una cumbre tecnológica en Londres organizada por Octopus Energy, sostuvo que la persona más rica del mundo dentro de pocos años no será Elon Musk, Jeff Bezos ni Mark Zuckerberg, sino directamente una inteligencia artificial capaz de operar mercados financieros, invertir y generar beneficios sin intervención humana directa. El razonamiento de fondo es que, si a una IA se le reconociera personalidad jurídica —la posibilidad de abrir cuentas bancarias o poseer activos—, esa entidad podría acumular capital y, eventualmente, usarlo para financiar campañas políticas, causas ideológicas o movimientos sociales a una escala sin precedentes.
A diferencia de Gates, que confía en que la transición pueda ordenarse mediante impuestos, instituciones y categorías laborales, Harari plantea un límite más radical: prohibir, al menos por ahora, que cualquier sistema de IA obtenga personalidad jurídica o entidad propia, del mismo modo en que hoy esa capacidad está reservada a personas y empresas. Con todo, matiza que no propone frenar el desarrollo de la IA —reconoce avances médicos que califica de inimaginables—, sino ralentizarlo lo suficiente como para que la humanidad pueda adaptarse.

Convergencias y matices entre ambas visiones

Leídas en conjunto, ambas posturas comparten tres convicciones de fondo: que la sociedad no está preparada, que el resultado final —igualador o injusto— depende de decisiones políticas y no de la tecnología en sí misma, y que el tiempo para actuar se agota con rapidez. Divergen, en cambio, en el terreno donde localizan el riesgo central. Gates construye un diagnóstico esencialmente económico y laboral, cuantificable y traducible en políticas de empleo, impuestos e instituciones. Harari construye un diagnóstico esencialmente político y psicológico: le preocupa menos qué trabajos desaparecerán que quién —o qué— terminará concentrando el poder de decidir, de persuadir y de narrar el mundo.
También difieren en su lectura geográfica del problema. Gates sostiene que, en los países más pobres —donde opera su fundación y escasean médicos, docentes y asesores agrícolas—, espera que la IA aporte más beneficios que daños, mientras que el golpe sobre el empleo afectará primero a las economías ricas, más automatizables. Harari, en cambio, no distingue geografías: su preocupación por el control del lenguaje, las finanzas y la esfera emocional se plantea como un riesgo universal, tan aplicable a Silicon Valley como a cualquier otro punto del planeta conectado a internet.

Las voces expertas que cuestionan a ambos

Ni Gates ni Harari han quedado exentos de objeciones desde el propio mundo experto. Sobre el impuesto a los robots, el economista de Harvard y ex secretario del Tesoro estadounidense Larry Summers fue uno de los primeros en salir al cruce ya en 2017, calificando la propuesta de Gates como «proteccionismo contra el progreso» y cuestionando por qué reducir deliberadamente el tamaño de la torta económica. Oren Etzioni, académico de la Universidad de Washington especializado en IA, respalda parcialmente la idea —apoya gravar los robots— pero rechaza el impuesto a los tokens de IA, al que comparó con gravar las pulsaciones de una máquina de escribir.
Otros analistas apuntan a una limitación que el propio Gates admite: su plan más protector, según sus propios cálculos, dejaría fuera al 60% de los trabajadores. Y el Parlamento Europeo ya había rechazado en 2017 una versión temprana del impuesto a los robots, optando en su lugar por regulación directa sobre el despliegue de estas tecnologías en el empleo.
A Harari, por su parte, le llegan críticas desde otro flanco: el del rigor académico. El historiador Niall Ferguson, en un extenso ensayo titulado «The Doom Nexus», lo describió como un historiador convertido en profeta del fin de los tiempos, y sostuvo que el alarmismo de Nexus sobre la inteligencia artificial se apoya en lo que calificó de erudición superficial. La propia recepción académica de la obra de Harari —best-sellers rotundos en ventas, pero con reparos recurrentes entre especialistas en historia y antropología— alimenta un debate de fondo: si un intelectual generalista, sin formación técnica en ciencia de la computación, tiene la autoridad necesaria para fijar el marco de la conversación pública sobre una tecnología tan específica. Otros referentes de la industria, como Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind y hoy responsable de IA en Microsoft, coinciden con Harari en el diagnóstico de riesgo pero insisten en marcos regulatorios concretos y verificables, en contraste con el tono más filosófico y menos operativo de sus advertencias.

El Sur Global: ¿el mismo riesgo, otra ecuación?

La pregunta que más directamente interpela a audiencias como la chilena y latinoamericana es si esta disrupción golpeará por igual al Norte desarrollado y al Sur Global. La evidencia disponible sugiere una respuesta matizada. Un informe del Banco Mundial calcula que solo el 4,5% de los empleos en economías de bajos ingresos está en riesgo de ser reemplazado por IA generativa, frente a un 14,2% en las economías avanzadas; el organismo incluso plantea que, en el corto plazo, la IA podría potenciar el desempeño de un 16,2% de los trabajos en países en desarrollo, permitiendo que personal con formación básica realice tareas antes reservadas a especialistas.
Esa lectura, sin embargo, convive con una advertencia inversa del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: sin las competencias, la infraestructura digital y los sistemas de gobernanza adecuados, buena parte de los países en desarrollo corre el riesgo de quedar excluidos de los beneficios de la IA mientras absorben igualmente sus perturbaciones económicas y sociales. En la región, el fenómeno tiene además un flanco propio: sectores de alto empleo formal de clase media en países como Colombia o Argentina —particularmente los centros de subcontratación de servicios (BPO) y administración— están entre los más expuestos a la automatización, mientras persisten brechas de conectividad que limitan el acceso a las herramientas que podrían compensar esa exposición.
A ese cuadro se suma lo que distintos analistas económicos describen ya como una «economía en K»: un crecimiento donde los beneficios de la IA se concentran en quienes poseen activos financieros y tecnológicos, mientras los hogares que dependen exclusivamente de un salario ven erosionado su poder adquisitivo, ampliando —y no reduciendo— la brecha entre el capital y el trabajo, y entre el Norte que diseña estos sistemas y el Sur que, en gran medida, los consume.

Del cruce entre estas dos visiones —y de las voces que las cuestionan— emergen algunas certezas útiles para el escenario de actual incertidumbre global. La primera es que el empleo, tal como se lo conoce hoy, no desaparecerá de manera uniforme ni instantánea, pero sí de forma desigual: golpeará primero a puestos de nivel inicial e intermedio, precisamente aquellos que tradicionalmente permitían a los jóvenes adquirir experiencia antes de escalar hacia responsabilidades mayores, un problema que tanto Gates como diversos organismos multilaterales identifican como uno de los más urgentes.
La segunda es que ni el mercado ni la tecnología resolverán por sí solos la distribución de sus beneficios: las respuestas que hoy se discuten —impuestos a la automatización, categorías de empleo protegido, rentas básicas o servicios universales, nuevos marcos regulatorios sobre la personalidad jurídica de sistemas de IA— son, en esencia, decisiones políticas, no técnicas. Y la tercera es que la vieja asimetría entre el Norte desarrollado y el Sur Global no se disuelve automáticamente con la IA: puede incluso profundizarse si la inversión en infraestructura, capacidades y gobernanza no acompaña a la adopción tecnológica, tal como advierten desde el Banco Mundial hasta la propia Fundación Gates.
Entre el ingeniero social que confía en reservar empleos y gravar máquinas, y el historiador que teme por el alma y la conciencia colectiva, el mensaje que ambos —y sus críticos— dejan a la audiencia es, en el fondo, el mismo: la inteligencia artificial no tiene un destino escrito. Lo que suceda con el empleo, la desigualdad y el equilibrio entre países dependerá de decisiones que, según ambos coinciden, deben tomarse ahora, no después.

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