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Bachelet enfrenta el revés de su candidatura y apunta al verdadero problema: una ONU cada vez más debilitada

La expresidenta ironizó sobre sus posibilidades de convertirse en secretaria general, mientras cuestionó la creciente confrontación entre Estados Unidos y China y el debilitamiento político y financiero de Naciones Unidas.

La expresidenta Michelle Bachelet abordó con ironía las escasas posibilidades que actualmente tendría su candidatura para convertirse en secretaria general de Naciones Unidas, pero aprovechó la ocasión para formular una crítica de fondo al debilitamiento del organismo, la pérdida de capacidad de la diplomacia internacional y la creciente confrontación entre las grandes potencias.

Durante el conversatorio “Migración: desafíos para el mundo, América Latina y Chile”, organizado por la Universidad Diego Portales, la exmandataria fue consultada por las razones para mantener una candidatura que enfrenta un escenario complejo dentro del Consejo de Seguridad.

Su respuesta, entre risas, fue directa: reconoció que probablemente no llegará a ocupar la Secretaría General y calificó incluso esa posibilidad como “un alivio”. La expresión aludió también a una pregunta que, según relató, le formuló una ciudadana estadounidense: si la Secretaría General tiene tan poco margen para actuar frente a las grandes potencias, ¿por qué aspirar al cargo?

Más allá de la ironía, Bachelet dejó claro que su interés por la ONU no depende exclusivamente de sus posibilidades personales. A su juicio, los grandes problemas contemporáneos exigen precisamente recuperar mecanismos de cooperación internacional capaces de superar las respuestas aisladas de los Estados.

Una ONU debilitada por la confrontación de las potencias

La exmandataria sostuvo que Naciones Unidas atraviesa uno de sus períodos más complejos debido a la pérdida de confianza en el multilateralismo y al predominio creciente de fórmulas unilaterales o acuerdos entre grupos reducidos de países.

En ese contexto, apuntó especialmente al reordenamiento del poder mundial y a la disputa estratégica entre Estados Unidos y China. Bachelet planteó que no se trata simplemente de una consecuencia de una determinada administración estadounidense, sino de una transformación estructural de la relación entre las principales potencias.

También cuestionó el debilitamiento del denominado “poder blando” estadounidense y el avance de China, fenómeno que, en su opinión, está modificando las condiciones en que opera la diplomacia internacional.

A esta crisis política se suma, según explicó, una dimensión financiera. Naciones Unidas enfrenta dificultades de liquidez asociadas a los atrasos en los aportes de algunos de sus principales Estados miembros, mientras el organismo ve reducida su capacidad para responder a conflictos y desafíos que requieren coordinación internacional.

Pese a este diagnóstico, Bachelet defendió la vigencia de Naciones Unidas. Recordó que sigue siendo el principal espacio institucional donde los países del mundo pueden encontrarse y buscar soluciones comunes, incluso en medio de profundas diferencias.

Un secretario general con presencia en terreno

La expresidenta también planteó una definición sobre el liderazgo que, a su juicio, requiere actualmente Naciones Unidas. No bastaría, dijo, con administrar el organismo desde su sede en Nueva York.

El próximo secretario general debería tener capacidad para desplazarse al terreno, anticipar conflictos, prevenir crisis y ejercer una diplomacia activa. Ese enfoque, sostuvo, puede generar resistencia entre las grandes potencias, precisamente porque supone un liderazgo con mayor autonomía y capacidad de intervención política.

La reflexión adquiere especial relevancia en momentos en que numerosos conflictos internacionales están siendo abordados mediante negociaciones paralelas, coaliciones circunstanciales o iniciativas protagonizadas por grupos reducidos de países, mientras el sistema multilateral tradicional pierde capacidad de incidencia.

Una candidatura golpeada, pero con un debate mayor de fondo

La candidatura de Bachelet había recibido respaldo político de importantes gobiernos latinoamericanos, entre ellos Brasil y México. Sin embargo, las consultas informales realizadas en el Consejo de Seguridad han mostrado un escenario adverso para la exmandataria y la han dejado rezagada frente a otras postulaciones.

En ese contexto, su declaración puede interpretarse menos como una renuncia formal que como el reconocimiento de las dificultades que enfrenta su aspiración.

Pero el punto central de su intervención estuvo lejos de ser su futuro personal. Bachelet situó el debate en una cuestión mucho más amplia: qué sentido puede tener Naciones Unidas en un mundo donde las grandes potencias privilegian cada vez más la confrontación, las decisiones unilaterales y los acuerdos circunstanciales.

La exmandataria sostuvo que existen desafíos —como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, las pandemias y la regulación de la inteligencia artificial— que ningún país puede enfrentar por sí solo.

Desde esa perspectiva, la paradoja de su candidatura es también la paradoja de la propia ONU: precisamente cuando el mundo enfrenta problemas cada vez más globales, el principal organismo multilateral parece disponer de menos capacidad política para enfrentarlos.

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